Aquella mañana me levanté feliz. Había conseguido que Tomás me deseara, tenía por fin en mis manos, lo que Elba más quería y ahora era mío. La sensación de triunfo era maravillosa y sólo deseaba volver a encontrármelo para volver a tenerle entre mis piernas.
Me vestí lo más sexy que pude aquella mañana, un vestido estrecho, super escotado y supercorto, que dejaba a la vista el nacimiento de mi culo y de mis senos, porque nunca se sabe lo que puede pasar y tras desayunar me disponía a ir a dar una vuelta cuando sonó mi móvil.
- ¡Buenos días, putita! - Era la voz de Tomás, me extrañó que tuviera mi número de móvil porque estaba segura que no se lo había dado y le pregunté:
- ¿Cómo tienes tú este número?
- Ayer cuando estabas en el baño lo busqué en la agenda que Elba tenía sobre su mesa.
- ¡Ah, vaya, vaya, que pillín eres!
- ¡Uhmmmm mucho, ya te irás dando cuenta!
- Seguro ¿qué quieres? - Le pregunté curiosa.
- Quedar contigo si puede ser. Necesito un poco de atención de mi putita preferida - me dijo en tono provocativo.
- Bueno, ¿dónde quedamos?
- Mira, tengo que ir a mi futura casa, Elba me ha pedido que cuelgue no sé que cuadros y he pensado que tú podrías ayudarme.
- Parece un buen plan, ¿pero y Elba? Podría pillarnos ¿no?
- No te preocupes, estará entretenida toda la mañana, comprando con una amiga en el centro, es una adicta a las compras, es capaz de tirarse horas en las tiendas de ropa - me explicó.
- Esta bien - acepté.
- Paso a recogerte en unos diez minutos, putita.
- Vale.
Colgué el teléfono sintiéndome ya excitada. No podía entender si eran las ganas de tenerle entre mis piernas otra vez o la sed de venganza lo que hacía que me pusiera a mil sólo con oír su voz, pero así era. Además saber que lo íbamos a hacer en el piso que compartirían ya casados y tal vez en la cama de matrimonio le añadía morbo a la situación lo que aún aumentaba más mi excitación. En fin, pasados los diez minutos y tras asegurarme que bajo el vestido no llevaba ni sujetador ni bragas bajé a la calle, y aparcado a unos pocos metros, en doble fila vi a Tomás. Me acerqué al coche y subí.
- Buenos días, putita. Estás guapísima.
- Gracias, me he vestido pensando en ti y en las diabluras que íbamos a hacer.
- Ja, ja - rió - luego dirás que yo soy un pillín, cuando tú estás hecha toda una putita.
Le sonreí con picardía y Tomás arrancó. En el primer semáforo que paramos, Tomás puso su mano sobre mi pierna semidesnuda, ascendió por mi muslo, hasta casi alcanzar mi sexo y alargó uno de sus dedos, rozando el pelo de mi pubis. Eso me excitó mucho, y gemí. Tomás trató de alargar un poco más el dedo y sentí como rozaba mi clítoris mientras me ordenaba:
- Abre las piernas putita, te voy a poner más caliente que a una tea.
De nuevo aparecía el Tomás salvaje y loco que me había mostrado la noche anterior y eso me excitaba aún más. Observé la entrepierna de Tomás y vi como el bulto crecía. Abrí las piernas mientras alargaba mi mano hacía aquel tesoro deseado, lo acaricié por encima del pantalón, mientras el dedo de Tomás hurgaba en mi sexo haciéndome estremecer. El semáforo se puso en rojo y Tomás tuvo que arrancar, por lo que sacó su mano de mi entrepierna. Yo seguí masajeando su polla erecta por encima del pantalón. Mientras él seguía conduciendo hacía nuestro destino, yo le bajé la cremallera del pantalón, saqué sus sexo erecto e inclinándome hacía él lo empecé a lamer. Tomás disminuyó la marcha al sentir mi lengua sobre su glande, pero siguió conduciendo.
- ¡Ah, que putita eres! - gimió - Elba jamás haría algo así.
Sentí la mano de Tomás sobre mi cabeza y como la empujaba levemente, para que su pene entrar por completo en mi boca. Sentí aquel delicioso manjar resbalando por mis labios y como el glande llegaba casi hasta mi campanilla. El fuego de mi cuerpo ardía cada vez más. Y sentía que ya sólo deseaba ser la puta de Tomás, ser suya como fuera y dejarle exhausto de placer. Repentinamente, sentí como oscurecía todo a mí alrededor y como si el coche bajara por una pendiente, sin duda estabamos entrando en un parking. Tomás detuvo el coche, y sentí como posaba su mano sobre mi cabeza y con la otra mano acariciaba mi espalda, mientras yo seguía lamiendo su polla. Lamí aquel manjar con hambre, mientras Tomás, acariciaba mi culo por encima de mi ropa, me subió el vestido, descubriendo que no llevaba braguitas.
- ¡Uhmmmm que putita eres cariño! Como me gusta - exclamó Tomás acariciando mis nalgas desnudas y buscando con su dedo mi ano.
Yo acariciaba sus bolas, lamia el tronco de su polla y luego el glande, sintiendo el sabor amargo de su liquido preseminal. Gemí cuando sentí como su dedo vencía la resistencia y se introducía en mi ano, pegando un pequeño respingo. Estabamos a mil los dos y era evidente que si uno de los dos no ponía freno a aquello acabaríamos haciéndolo en el coche. Así que me detuve, y saqué la polla de mi boca, diciéndole a Tomás.
- ¿Por qué no subimos? Quiero más y aquí no tenemos espacio - le propuse.
- Esta bien, vamos, putita - Aceptó él.


